por William A. M. Buckler La lista de las cosas que deberían haberse hecho durante la primera década del siglo XXI es muy larga. El resultado es que muchos analistas en política y economía, sobre todo en EE.UU., la llaman «la década perdida». Y de hecho, así fue. En el «mundo desarrollado», una amplia mayoría terminó la década en una situación peor que en la que estaba a su comienzo. Esto es grave, pero aún más grave es el hecho de que, por todos lados, los gobiernos decidieron hacer las cosas de manera tal que sea lo más difícil posible para todos, y para ellos mismos, aprender de sus errores. Esta fue la década de un auge financiero seguido de un desmoronamiento sin precedentes en la historia contemporánea.
Cuando un fracaso es demasiado grande para medir su alcance El 14 de enero del 2000, hace diez años, el Dow Jones cerró con 11.722,98 puntos. Recién en octubre de 2006, alcanzó nuevamente ese nivel de cotización. Durante ese período de casi 7 años, se tiró por la borda el último resto de sensatez en política fiscal o monetaria. En el año 2001, el Fed bajó en picada la tasa oficial de intereses de EE.UU., acentuándose esa tendencia después del 9/11. Los déficits de los estados, lejos de estar superados, en el año 2000 se fueron por las nubes. El grado de endeudamiento financiero alcanzó una dimensión que antes no se hubiera creído posible. Se inventaron nuevos instrumentos financieros que movían billones de dólares. Se impuso la compra y venta informática de acciones. La evaluación de los títulos era ficticia, mientras que el monstruo de los «derivados» era alimentado, sin haber estado nunca sometido a las reglas de los mercados. Después, a mediados de 2007, explotó la crisis financiera mundial. En la segunda mitad de 2008, se vino todo abajo. A comienzos de 2009, amenazaba el apocalipsis financiero global. Finalmente, el Banco de Inglaterra y el Fed anunciaron, en marzo de 2009, que iban a salvar el mundo financiero, vendiendo directamente las deudas que sus gobiernos debían vender para poder funcionar. Se consideraba inimaginable que los gobiernos no lo hicieran. Pero un fracaso de esos gobiernos era algo demasiado grande para ponerlo en consideración y la medida fue prorrogada. Comenzamos el 2010 con un creciente optimismo en los medios oficiales, una actitud extremadamente peligrosa. • Fuente: The Privateer, Mid January Issue, No. 645, 2010, pág. 1 (Traducción Horizontes y Debates)
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