por Reinhard Koradi, Dietlikon
Para millones de personas los precios de los productos alimentarios son cada vez más inaccesibles. En el término de un año el aumento ha sido masivo: trigo (+130%), soja (+87%), arroz (+74%), maíz (+31%).1 La situación es aún más dramática si se la observa en un período más largo de tiempo. En 1990, por ejemplo, el precio del trigo a 135 dólares americanos la tonelada, había alcanzado su nivel más bajo; a fines de 2007 llegó a 580 dólares, es decir, se cuadriplicó. Desde 2004 hubo una suba constante de precios y a partir de 2006 una verdadera explosión. Lo mismo ocurrió con el café, el cacao y también con el petróleo.2
La excesiva suba de precios de los productos primarios hizo entrar en liza la política y las organizaciones internacionales. También en círculos económicos se «conjetura» sobre las causas del disparo de los precios, lo que ha llegado a ser una amenaza existencial. Lo interesante es que los argumentos que surgen son siempre los mismos: la población de los países en crecimiento (India y China) se puede permitir un mayor consumo de alimentos, sobre todo de carne; cosechas perdidas por cambios climáticos y catástrofes ambientales; reducción del almacenamiento. Con cierta cautela, se considera también como posible disparador de precios, la especulación en la bolsas para materias primas. Los países industriales de occidente, también tratan de dejar al márgen las consecuencias devastadoras de la transformación de productos alimentarios en biocombustibles. Por otro lado, desde círculos especializados, se infiltra la información que el uso de alimentos para producir bencina provoca desde un 5% hasta un 30% de la suba de precios. Según el FMI, se trata de un promedio de 15%.
«Protección climática»: pretexto para satisfacer la demanda de combustible
Esta afirmación está confirmada por el hecho que, zonas de cultivo de productos alimentarios se emplean en proporciones alarmantes para producir combustible agrario. En EE.UU., entre tanto, se utiliza la misma cantidad de maíz – más de 50 millones de toneladas – tanto para la alimentación como para «biocombustibles». Hasta el año 2012, la alianza etanol entre EE.UU. y Brasil tiene proyectado poner en funcionamiento en este país, más de 100 plantas destinadas a la producción de combustibles a partir de productos alimentarios.
Es sabido que diesel y etanol de maíz, soja, aceite de palmera y caña de azúcar conducen a un desastre mundial tanto para la alimentación como para el medio ambiente. Frei Betto, un ex consejero del gobierno de Brasil, rebautizó a los combustibles agrarios como «gasolina de la muerte». Sin embargo, en Roma, en la reunión cumbre de la FAO (Organización de la ONU para agricultura y alimentación) el presidente de Brasil Ignacio Lula da Silva – en otro momento la esperanza de los pobres en Brasil – no tuvo reparos en apoyar, en un discurso apasionado, la producción de biocombustibles a partir de maíz y caña de azúcar.
A pesar de la propagación de una crítica fundada, los países industrializadas aliados a élites poderosas de las regiones más pobres del sur, siguen aferrados a la estrategia de «protección climática» por medio de la «gasolina de la muerte».
¿Quién pone impedimentos a la lucha contra el hambre en el mundo?
En Roma, en la cumbre sobre el hambre de la ONU en 2008, incluso las recomendaciones no obligatorias fueron muy controvertidas hasta el final. Para los millones de seres humanos que sufren física y psíquicamente o incluso mueren por la catástrofe de hambre, es un resultado desastroso.
Los que impiden una solución humanamente digna ¿son producto de una alianza siniestra entre los beneficiados por la catástrofe de hambre y la pretensión de EE.UU. de ganar el control global sobre todas las reservas naturales?
Los hechos son claros: 850 millones de seres humanos padecen hambre. La suba de precios de los productos alimentarios aumenta esa cifra cada vez más. Rosemarie Bär3 escribe en «Tages-Anzeiger» del 5 de junio de 2008: «Cada porcentaje en la suba de precios, pone a 16 millones de personas más en una situación precaria en materia de alimentación» y añade, con respecto a la conferencia de la FAO en Roma: «Lo que no se discute es el bienestar de los países industrializados basado en la explotación exhaustiva de la naturaleza […]. El norte, aliado a una élite poderosa en el sur, se resiste a hacer cambios en el sistema vigente de producción y consumo […]. La lucha por la repartición de las limitadas riquezas naturales y del común espacio habitable se agudiza. Y el abismo entre los ricos globalizados y los pobres localizados se hace cada vez más profundo.»
En la Conferencia mundial sobre la alimentación FAO, sin duda se exigieron «medidas importantes y resueltas» así como «iniciativas comunes». La lucha contra la crisis de hambre actual deberá ser rápida y efectiva. Además de una ayuda inmediata de miles de millones, se deberá constituir una «agrupación de fuerzas» con representantes de la ONU, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC). Bueno sería que ese grupo de trabajo de alto nivel, en la búsqueda de soluciones, se apartara del «modelo liberal de tendencia global» y que buscara alternativas individuales de tendencia local.
La iniciativa de Kofi Annan (ex Secretario General de la ONU) es prometedora mientras los aportadores de fondos (Fundación Rockefeller) tengan intenciones honestas: él quiere fomentar a pequeños campesinos en Africa por medio de una alianza estratégica. (Considerando el aportador de fondos y los resultados de la Conferencia FAO, uno se pregunta si realmente los campesinos locales serán los fomentados o las ventas de productores de semilla y productos fertilizantes).
Una alianza para una «revolución verde» en Africa, deberá ayudar a los pequeños campesinos para que logren una explotación eficiente. Una idea que no sólo debería aplicarse en Africa, sino extenderse al resto del mundo – si es que quiere lograrse una solución durable y justa para la crisis de hambre y la creciente destrucción ambiental.
Muchos proclaman que luchan contra el hambre y la pobreza, pero aún sigue faltando la voluntad de cuestionar básicamente la política que se persigue hasta ahora. Si ni siquiera existe un consenso sobre las causas de la catástrofe de hambre, ¿cómo puede encontrarse una salida efectiva de la crisis? Si las causas verdaderas quedaran al descubierto, quedarían también los causantes, y ésto tiene que evitarse por todos los medios.
Crisis de hambre hecha por los humanos
La crisis alimentaria que amenaza la existencia no es un fenómeno de la naturaleza: es el resultado de una acción humana. Entre ellas está la reducción premeditada de la ayuda alimentaria. En 1993 se enviaron unos 18 millones de toneladas de alimentos a regiones en crisis, en 2006 fueron sólo 7 millones. Cuestionables son también las medidas tendientes a «proteger el medio ambiente y las reservas naturales» por las cuales se ordenó el paro de producción en zonas de cultivo agropecuario o la devastación creciente de zonas cultivables por infraestructuras, industria y la construcción. También es condenable la política agraria equivocada de los países industrializados.La estructura sana y flexible de la explotación agraria familiar en granjas pequeñas, medianas y grandes, fue y sigue siendo destruída expresamente para dar cabida a la agricultura industrial.
Reprensible reducción de reservas almacenadas
El almacenamiento se viene descuidando desde hace años. Las reservas mundiales de cereales en general disminuyeron de 160 a 60 días de aprovisionamiento. También en Suiza, los depósitos obligatorios de materias primas y productos alimentarios – la garantía de abastecimiento en tiempos de crisis – se dejaron de mantener. El motivo fue la posibilidad ilimitada de aprovisionamiento en el mercado mundial.
A la drástica reducción del almacenamiento se suma la disminución de la producción de cereales (1998: 338 kg por persona; 2006: 306 kg), el uso abusivo de productos alimentarios para la energía, y la falta de compensación de la escasez de cereales con otros productos alimentarios como verdura, fruta, legumbres etc.
Los ganadores: especuladores y consorcios
La escasez de provisiones, la reducción de la producción y a la vez un crecimiento de la demanda (aumento de la población mundial y creciente demanda de productos alimentarios para el combustible agrario) resulta automáticamente un campo propicio para los especuladores. La hiperespeculación con los productos agrícolas se reavivó aún más por la crisis financiera (fuga de capitales de los mercados financieros a los mercados de materias primas). Miles de millones de dólares buscaban nuevas posibilidades de inversión y encontraron en parte cabida en las materias primas. Los precios de los cereales alcanzaron un tope, se apartaron de la situación real de mercado para tener una vida propia como acciones. Al respecto, hay que mencionar que los agricultores se quedan con las manos vacías en este juego de la bolsa. Ellos ya han vendido la cosecha hace tiempo y encima, como castigo, se ven obligados a comprar nueva semilla a precios mucho más altos. Con ésto, se llega a la conclusión que los más beneficiados por la suba de precios son los especuladores y consorcios en la cadena de intermediarios en el ámbito alimentario y energético.
Por esta razón, es necesario aclarar el rol de la red del cártel supranacional de materias primas y los consorcios de productos alimentarios: con el correr del tiempo, éstos han logrado el control de toda la cadena alimentaria – desde el campesino hasta la mesa familiar.
El aprovisionamiento, la manufacturación y el reparto de productos alimentarios se concentran en unos pocos consorcios multinacionales (Andre, Cargill, Unilever, Nestlé, etc.) Un sector tan sensible como el de la alimentación y el aprovisionamiento de materias primas, – también por razones estratégicas – debería estar organizado localmente y sometido a un control riguroso de competencia.
Es absolutamente necesario regular la especulación
Los efectos perjudiciales de la especulación no se ponen suficientemente al descubierto. Así todo, crece la opinión que las ganancias en la especulación influyen en la suba de precios de los productos alimentarios. La teoría de la «burbuja» nos aclara esa influencia: las burbujas aparecen cuando un número creciente de inversores paga, por un producto, un precio que se aleja cada vez de su valor real justificado. Los inversores calculan que los productos que compran (sobre todo acciones) los pueden revender a un precio más alto. El valor efectivo del producto no es el valor de mercado y así se pone en marcha un proceso inflacionario con consecuencias negativas para las economías nacionales. Como las «burbujas» en muchos casos son financiadas por créditos, se corre el riesgo que, al estallar la burbuja, los que han pedido créditos no puedan cumplir con sus obligaciones de pago (ver la crisis inmobiliaria en EE.UU.). De esta forma, las economías nacionales resultan doblemente perjudicadas.
A la pérdida de capital y poder adquisitivo (inflación), se suma la pérdida del dinero que se tomó a crédito. Esas pérdidas, con frecuencia, deben ser financiadas con dinero público, cuando las posibilidades del sector privado están agotadas (ver ayuda financiera de la Reserva Federal).
Por eso, el dominio público también tiene el derecho a exigir reglas de juego para la especulación o incluso de prohibirla si existe una amenaza para el bien común.
Formar pequeñas estructuras agropecuarias para la soberanía alimentaria
Albert Einstein aconsejó no solucionar un problema con los mismos métodos que lo provocaron. Para la catástrofe de hambre actual ésto significa: cambiar de rumbo. En un juego de dados se dice: «volver al comienzo». En la lucha contra el hambre y la pobreza son necesarios cambios fundamentales. Antes que nada está el derecho a la autodeterminación de cada pueblo sobre las riquezas naturales que están en su territorio. Hay que oponerse enérgicamente a la pretensión de una potencia mundial, de ejercer un control general sobre la totalidad de las reservas naturales y sus destinos. También se debe reflexionar sobre las estrategias de crecimiento para aumentar el bienestar, y el hecho que para los países ricos sea la cosa más natural el vivir a costa de los países pobres. Ésto significa compartir y renunciar.
La globalización de numerosas actividades (sociedad, cultura y economía) va a tener que dejar lugar a formas de vida que se adapten a las necesidades locales y regionales. Ésto lleva a que las respuestas a cuestionamientos actuales, problemas de la vida en común, de la administración, deberán encontrarse en las bases – a quienes concierne directamente. Responsabilidad propia y ayuda mutua dentro de la familia, la comunidad, el estado y entre los pueblos reemplaza los dictados que vienen desde arriba o desde fuera. Esta reclamación va unida a desistir de la violencia, para que, por ejemplo, los miles de millones recaudados por impuestos se utilicen para el bien de las personas y no para derrocharlos en el aparato militar para hacer guerras de agresión.
También el rol de la economía debe definirse nuevamente. Ella debe servir a las personas y subordinarse, si es necesario, a decisiones políticas que se orienten al bienestar de las personas y la protección del medio ambiente.
La lucha contra el hambre y la pobreza se va a ganar recién cuando logremos las condiciones necesarias para asegurar la vida de todos los seres en esta tierra, y frenar la explotación exhaustiva de la naturaleza.
La clave para esa seguridad existencial está en la soberanía alimentaria de cada pueblo. La población de los distintos países, con los conocimientos necesarios, debe tomar en sus propias manos el abastecimiento de alimentos desde el suelo hasta la mesa familiar pasando por toda la cadena intermediaria. En algunos casos, ese derecho a autoabastecimiento justifica impuestos aduaneros y contribuciones de fomento. •
1 Fuente: FAO, Banco Mundial (Marzo de 2007–Marzo de 2008)
2 Fuente: www.castelligasse.at7Politik/Rohstoff-märkte
3 Miembro de la delegación suiza en la conferencia de la FAO en Roma